Luto en colores


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LUTO EN COLORES  (Tras la oscuridad del suicidio)

Por Silvia Melero Abascal

dibujolutoEstas letras van firmadas, claro. Nacen desde una vivencia personal, única, propia del ser que somos cada uno de nosotros. Al mío le tocó perder a su hermana en 2014. Mi hermana, tras luchar mucho contra un problema de salud mental, decidió irse. Decidió descansar, parar, pasar a otra cosa. Se tomó pastillas. Se ‘quitó la vida’. Se ‘suicidó’. No me gusta la palabra, quizá por todo el tabú social y mediático que la acompaña. Quizá porque simplifica, reduce injustamente la imagen de una persona a ese hecho final. Mi hermana se llamaba, se llama, Esther. Ayudó a muchos peques con dificultades porque trabajó mucho tiempo como psicóloga infantil. A ella le debo entender un poco mejor la complejidad del cerebro humano, entre otras muchas cosas.

Amo la vida profundamente, pero entendí la decisión de mi hermana, la acepté, empaticé mucho con ella en todo su proceso y eso me llevó a hacer un camino radicalmente distinto del esperado. No significa que no haya atravesado el dolor y la tristeza. Significa que me permití tener una vivencia de la muerte desde mi mirada, intentando escapar de ciertas pautas sociales, educativas, religiosas y de todos esos lastres que nos imponen un luto negro (que ya no es tan negro en lo físico, pero sí sigue imperando en las emociones y se manifiesta de inmediato en el sentimiento de culpa). Yo viví el negro, claro, con el dolor y el desgarro que se te agarra al pecho. Hay un tiempo necesario para “cerrar los ojos y dejarse llover”. El desgaste emocional es muy fuerte. Los días que siguen al shock cuesta levantarse y ponerse en pie cada mañana. Pero conviene estar alerta y no ‘acomodarse’ demasiado en ese estado que te puede atrapar. Enseguida vi que en mi duelo había otros colores. Me los permití. Son todos los tonos que me sacaron de mí para llevarme a otro lugar de la vivencia. En ese lugar caben las lágrimas de tristeza junto a las de alegría, por ejemplo. En ese lugar puedo celebrar la vida y brindarle a mi hermana una sonrisa bailando. Sin negar lo que ha pasado. Sin taparlo, sin mirar hacia otro lado. Sin esconderla a ella ni esconderme yo. Entendiendo que lo que pasó camina de la mano junto a todo lo demás. Y todo lo demás es la vida, lo que sucede a cada instante, lo que tira de ti con una fuerza inmensa. A mí me ayudó mucho la meditación. Y la música. Y las cañas compartidas. Y el periodismo. Y los libros. Y el cine. Y el bosque, el mar, la Luna… Y los nuevos proyectos coloreados de luz que se abrían paso en medio de esa oscuridad.

En esos colores hay también marrones. Como el marrón de encontrarte con imposiciones religiosas en un tanatatorio público (crucifijos, una sola sala común que es una capilla católica, por ejemplo) y pese a todo lograr recuperar al menos un espacio propio para hacer la despedida que ella merecía, para que los seres queridos y cercanos nos adueñemos, desde nuestro criterio, de ese momento importante de decir adiós al cuerpo físico que ya no va a estar más, para poder hacerlo a nuestra manera, como lo hicimos, de una forma bella que nos dio mucha paz.

Mi ideología y mi forma de ver la vida son tan importantes como las creencias religiosas de otras personas. Pero no he sentido que se respete igual. Que yo no siga ninguna religión no significa que no haya desarrollado mi espiritualidad. Es más, la vivencia de la muerte me ha llevado por un camino de comprensión, aprendizaje y crecimiento increíble. Lo he aprendido desde mi experiencia directa, no desde la creencia. Pero la muerte en nuestro país parece que aún es patrimonio de la Iglesia católica y cuesta escapar. En el caso del suicidio, pesa mucho para personas creyentes el sentido del pecado, al considerarse que esa vida no le pertenece a la persona y no puede decidir sobre ella. Hablo, por supuesto, del sector más conservador del catolicismo, de sus jerarquías (que son las que tratan de imponernos a todos su criterio), porque sé bien que en la Iglesia de base hay mucha gente que piensa como yo.

El otro marrón es que me he chocado constantemente con el tabú. La muerte es un tabú peor que el sexo. Y dentro de la muerte el suicidio es el tabú elevado al cuadrado. Es el estigma con el que se quedan los familiares y amigos, a menudo muy perdidos, sin saber cómo procesar todo.

Luto en Colores no nace para prevenir o evitar el suicidio. Para eso hay otros proyectos y colectivos. Luto en Colores nace para quienes se quedan aquí cuando eso ya ha pasado. Nace desde la comprensión y la aceptación de la decisión de un ser humano sobre su propia vida. Nos morimos por diferentes causas: muerte natural, enfermedad, vejez, accidente, asesinato y suicicio. Pero vivimos como si los suicidios no existieran, los tapamos, los ocultamos, miramos para otro lado. Sin embargo, según los últimos datos, casi 4.000 personas se han suicidado en un año en España. Ahí no se contabilizan los accidentes de tráfico que son realmente suicidios. Ni la cifra de intentos fallidos.

La enfermedad y la muerte van a seguir sucediendo. Y, dentro de las formas de muerte, el suicidio es quizá la más trágica para quienes se quedan, pero es una forma de muerte que siempre ha acompañado al ser humano y lo va a seguir acompañando. Luto en Colores pretende aportar, ayudar, visibilizar y poner luz sobre esa oscuridad. Cuando ya ha pasado, cuando no puedes hacer nada para cambiarlo porque ya es, ¿qué vas a hacer con esta vivencia que la vida te ha puesto en el camino? Quizá ésa es la pregunta más importante de todas. Más que ¿por qué a mí? Quedarse estancado en la tragedia y el victimismo es una opción. Pero si quieres entender, comprender para aceptar, atravesar el dolor para seguir viviendo con menos cargas en la mochila, ojalá esto te sirva para avanzar.

Sentí la necesidad de contar y transmitir las herramientas que a mí me han servido en este recorrido. Así es Luto en Colores, sólo un camino que intenta acompañarte si deseas aceptar la vida como regalo tras la muerte. Si deseas homenajear con lo mejor de ti a la persona que se ha ido.

Cuando se habla de suicidios a menudo la gente  no conoce todo el recorrido que hay detrás de la persona que se ha quitado la vida (su vida, la suya, no la de otro ser). Mi hermana, repito, luchó mucho. Nos dio un ejemplo cada día. Se cayó mil veces y mil veces se volvió a levantar. Pero un día no pudo más. Tenía también derecho a rendirse. Yo misma caí en la trampa de pensar que podría ‘salvarla’, que la vida tiene tanta belleza, tantas oportunidades detrás de cada esquina que le podría transmitir todo eso. Pero hay un límite al que no podemos llegar. Entenderlo es liberador. Lo otro, desde mi punto de vista insano, es buscar culpables. Creo que cada persona es dueña de su vida, de su recorrido. Podemos acompañar, ayudar, amar, intentar sostener… pero no podemos entrar en su piel ni en su mente. Ni siquiera la ciencia o la medicina pueden hacerlo. Cuando alguien muere de cáncer se entiende que no todos los tipos de cáncer se pueden curar. Se acepta. Pero cuando alguien se suicida, porque su cerebro y su alma sufren, enseguida buscamos responsables. La carga del juicio planea sobre quienes hemos estado cerca: familiares, amigos, médicos, psicólogos. Es una losa aplastante que nos cae encima con el recurrente y machacante “pude hacer más”. Se convierte en un cáncer emocional que avanza rápido si no lo paramos.

Mi hermana es mucho más que la fotografía del instante en que se tomó pastillas. Mi hermana ha vivido 36 intensos años. Es una vida corta sí, para nosotros en Occidente. Pero larga en otros países africanos, donde la esperanza de vida es 46 años. Quiero decir que la manera en que vivimos la muerte está marcada por condicionantes culturales, educativos, sociales. Nadie nace con un contrato que le garantice morirse de viejo. La muerte sucede a cualquier edad, en cualquier momento, todo el rato. No es cierto que es “ley de vida” que los padres tienen que morir antes que los hijos. Esa frase es un deseo, una construcción social nuestra que no ayuda en nada a aceptar que nos vamos a morir, pero no sabemos cuándo. Basta con observar la Naturaleza para entender cómo la muerte forma parte del ciclo de la vida. Es una etapa más, un tránsito, todo es circular.

En el ciclo vital de mi hermana, en sus 36 años de vida, ha habido también alegría, momentos preciosos, vitalidad, amor, amistad, risa (una risa espontánea, explosiva y muy contagiosa que todavía escucho). Mi hermana ha estado rodeada de gente hermosa, de gente que con su ayuda la ha sostenido en sus momentos más difíciles, los de hundirse en el agujero negro, en pequeños infiernos muy duros que sólo conocemos quienes estamos cerca. Pretender obligar a alguien a seguir viviendo eso es injusto, aunque nos justificamos diciendo que es por amor. Amamos tanto que no queremos perder a esa persona. Entonces, ¿la atamos a la cama, la vigilamos cada día, la obligamos a vivir con algo con lo que no quiere vivir sólo porque anteponemos nuestro miedo al dolor por la pérdida, priorizándolo ante su propio sufrimiento?

El suicidio es como la eutanasia, son las dos caras de lo mismo, pero en el segundo caso pides ayuda para hacerlo. Si ves la película Mar adentro, entiendes perfectamente que el protagonista tiene derecho a irse ya. Pero con los problemas de salud mental no lo entendemos, porque esa dolencia no se ve. Es invisible.

En este camino me he ido encontrando las vivencias de otras muchas personas que han enriquecido mi proceso de aprendizaje. Y he ido viendo lo necesario que es hablar de ello, que podamos contarlo y compartirlo para que el viento se lleve las emociones que más perturban nuestra mente y nuestro corazón: el miedo y la culpa. Alejarte de ellas te hará más libre.

Sí. Perdí a mi hermana. Fue durísimo. Salir de mi propio dolor y conectar con el dolor de los demás, de mis padres, mi hermano, de todas las personas que la querían y la quieren tanto, me hizo conectarme a la fuerza sanadora que lo mueve todo: el amor. El amor hacia mi hermana, el amor que siento de ella hacia mí, el amor de tantas personas que suman y suman y suman cariño cada día. Eso es lo que nos mantiene en pie. Junto al trabajo individual que cada cual ha de hacer para procesar el duelo. Y de todo esto salimos fortalecidos, con nuevas capacidades para afrontar las dificultades que aparezcan, relativizando más, priorizando lo importante, aprendiendo a mirar hacia lugares invisibles donde antes no veíamos nada. Así, mi vida se ha llenado de magia.

He aprendido que es verdad que hasta en la muerte hay belleza. ¿Es raro, no? Hay belleza cuando ves cómo se mueve toda una red, un mar de gente para arroparte, para abrazarte. Hay belleza cuando reímos recordando anécdotas de ella, cuando bailo con su música, cuando me como el chocolate al que era adicta (yo soy más de salado), cuando veo en cada instante, en cada momento, en cada árbol, en cada mariposa, en cada gota de lluvia el regalo de esta vida que ella me ha hecho amar más todavía. Mi hermana me ha hecho ser mejor. Me ha dejado tantos regalos para abrirme caminos, tanta gente hermosa que entró en mi vida, que sería una desagradecida si no fuera capaz de honrarla con mi sonrisa.

Y esto no significa que no llore de vez en cuando, que no la eche de menos. Significa que me he quedado con lo mejor de ella, sin permitir que la oscuridad de su forma de muerte lo empañe todo.

Sé que hay un camino difícil si estás iniciándolo ahora. Sé que sentirás que te van a juzgar, rechazar, que hay una especie de maldición en tu familia porque piensas que sólo te pasa esto a ti, imagino que tienes miedo a que la gente te tenga lástima siempre, temes que les dé malrollo acercarse, que serás siempre la persona a la que “se le suicidó un padre, una madre, un hermano, una hija”. Escribo esto para decirte que no. No eres un caso aislado, esto le pasa a mucha gente, no es una deshonra ni una vergüenza. Es lo que es. Todo lo demás lo añadimos nosotros. Son las complicaciones de la mente. Desde el corazón todo es más fácil, más sencillo.

Prefiero dignificar la figura de mi hermana a victimizarla. Un amigo me dijo un día algo precioso. “Tu hermana ha pintado el cuadro de su vida, ha ido dibujando lo que ha querido, es sólo suyo, y un día decidió terminar su obra y firmarla. Hasta aquí. Punto. Y su obra ahí queda”. Así es. Da igual si yo estoy o no de acuerdo con algunas de la cosas que ha pintado. Es su cuadro, no el mío. Para entenderlo, hay que ponerse sus zapatos, coger sus pinceles y vivir en su piel. Sus circunstancias vitales, esas mismas y no otras (no las mías ni las del vecino, las suyas) son las que le hicieron tomar esa decisión en ese momento.

Quiero decirte que si acabas de perder a un ser querido, el dolor desgarrador que sientes ahora no va a ser siempre igual. Te lo aseguro. Pero es tu responsabilidad trabajar tus emociones, decidir en qué lugar quieres situarte y no quedarte demasiado en un agujero del que no puedas salir. Cada uno tiene su proceso, tenemos todo el derecho a nuestro ciclo de pena, pero hay que ir zanjando etapas para avanzar y pasar a otra cosa. Y nadie lo puede hacer por ti. “El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional”, dice una frase sabia.

La muerte de mi hermana hizo que naciera Luto en Colores. Luto en Colores hizo que naciera la Asociación Cómo lo Cuento hace dos años, junto a familiares y amigos que desde el primer momento me apoyaron porque les pareció que valía la pena poner en marcha algo así. Dos años para que todo se asiente en mi corazón, para ver que esta semilla es sencilla pero ya tiene raíces firmes. La gente que nos quiere nos sostiene como una red. No hay abismo si miras hacia abajo. Así se teje todo esto. Con el cariño. Sé que este árbol va a ser inmenso, muy verde, con miles de hojas brillantes y ramas que den cobijo.

Vamos poniendo poco a poco los ladrillos de este proyecto en construcción, de este proyecto con varias patas:

– Taller para sanar la culpa
Talleres para trabajar el duelo desde la creatividad
– Libro Luto en colores (tras la oscuridad del suicidio)
– Documental Luto en Colores

Ojalá esto sirva para poner algo de luz en el sufrimiento de muchas personas.

Bienvenid@s a este hogar, a esta casa llena de fueguitos de colores. Espero que encontréis aquí un calor sanador.

Silvia Melero Abascal
Periodista
Coordinadora de Cómo lo Cuento

Una tarde de primavera (Madrid, 2016)

lutoencolores.org

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Asociación Cómo Lo Cuento
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MUCHAS GRACIAS POR IMPULSARNOS Y DARNOS ALAS